Y así caían los inviernos del calendario de la nevera.
Ella aprendió anatomía. La suya. Conocía las paredes del corazón de Javier como la palma de su mano, a veces incluso, jugaban a ser humanos entre esas cuatro paredes. Comprendió la enfermedad que atravesaba a su amado tanto que se convirtió en su música. Le amó tan fuerte que se olvidó de que el frío seguía por sus venas cada vez más cerca del motor. Cada noche moría un poco más, y entre sus manos asomaban ruiseñores por sus labios. Cada costilla, cada nota contenía más amor que la anterior, hasta que finalmente terminaban exhaustos entre revoloteos y gemidos entrecortados, con las cuatro paredes empañadas de sentimiento, colosal y dañino, el que solo aparece, tal vez, cuando Madrid duerme... e intoxicándoles, conseguían llegar al clímax, al suyo propio en el que se escuchaban los te amo.
Sus noches eran caídas y olor a trigo.
Sus días eran temblorosos y desafinados.
Sus días eran muy suyos, tanto que sólo aquellos que han conseguido amar por encima del amor propio, el amor al otro por encima del daño y la oscuridad, pueden comprender.
Su historia no es una historia llena de métaforas, sinapsis y sinestesías. Su historia no esta llena de mariposas volando por la habitación ni color rosa. La suya es una historia triste, tal vez inventada por su autora, que se siente invierno,sin duda no será la mejor historia escrita por ella pero en todo caso la historia de amor entre Olivia y Javier es la historia de amor que más amor esconde, la de dos amantes que se cuidan y son su medicina y que a pesar de las penurias, consiguen ser felices.
Ella logró que las manos del saxofonista dejasen de temblar y llegasen a tocar el cielo por debajo de su piel. Él consiguió que cada vez que cada vez que creaba arte, ella pudiese sentirse a salvo junto a él. La pequeña y débil niña de hielo.
No sabía por qué, pero cuando se desnudaba era el mejor momento del día. Podían respirar por sus poros las penas que la azotaban durante el día y dejarse ver sin maquillaje, solo escombros. Ella es así, escombros, pura ruina. Pura, colosal y quebrada. Era belleza. Más allá del sentido sexual que todos ven, conseguía por un momento ser capaz de dejar de mentirse a sí misma y escapar.
Y tan sólo cuando alguien pudiese ver que ese cuerpo no es cuerpo sino alma, sólo cuando alguien pudiera rozarla sin quemarse y afinarla, Ella podría estar desnuda con él. "Me tomaré la curvatura de tu espalda como un sí" dijo él mientras la desabrochaba la cremallera e introducía sus yemas por encima de su corazón. Y así fue como la mayor creación de arte perduró en la historia. Consiguió afinarla, ardiendo yacía entre sus brazos, entre sollozos y susurros que la pedían que se quedase, y así fue como él consiguió por fin, perderse en su vacío, en el precipicio de Olivia.
Y fueron por fin, ruinas juntos.
FIN
A veces las historias de dolor, son las que más amor muestran, las que no tienen fecha de caducidad y siempre dejan una puerta abierta.
Se quisieron más allá del dolor, tanto, que no pudieron soportar vivir sin poder estar juntos hasta la muerte.
E.
viernes, 29 de noviembre de 2013
viernes, 18 de octubre de 2013
Los dedos del saxofonista. Primera parte.
Ella era una mujer de invierno, no conocía otra época del año. Su helado corazón bombeaba vacío hasta cada una de sus ramificaciones y el rubor de sus mejillas no era más que colorete rosado que se aplicaba para parecerse a las Barbies que caminaban por la calle.
Aunque a ella le gustase la palidez de sus mejillas. Aunque ella soñase cada noche con alguien que pudiese tocarla sin congelarse y huir.
Aquel día, Olivia tenía más frío de lo normal, resbalan copos de nieve por sus mejillas y sus venas tornaban azules. Ella se consolaba pensando que era de la realeza, alguien especial, lo que no se esperaba es que algún día lo sería para alguien. Estaba sentada en el alféizar de su ventana, notando como el calor luchaba por entrar en su cuerpo, evaporándose la nieve y cómo sus alas esperaban poder abrirse. De repente, comenzó a oír una melodía preciosa de jazz, parecía venir del piso de arriba, el nuevo vecino.
Esa noche no podía dormir, como todas las noches, pero esta vez fue por aquellas notas... le recordaban a algo...algo que conocía y que no lograba recordar... Así que cómo buena impaciente subió corriendo hasta el 4B y aporreó la puerta.
A los dos minutos abrió la puerta un hombre en pijama, robusto con rasgos suaves. Se quedó mirando atónito a aquella "personaja" vestida con unos calcetines de lana, una camiseta que le enmarcaban sus costillas y su pelo moreno alborotado sobre aquellos labios tan seductores.
-¿Mmm... si?
- Disculpe ¿qué melodía tocaba ayer con su saxofón?
-Pues.. Creo que se refiere usted a... ¿perdone pero no podía haber venido a otra hora que no fuese las 4 de la mañana? - dijo confuso el nuevo inquilino-
- Sí, pero dígame cuál era.- contestó con su característica mezcla de naturalidad,inocencia y picardía.
-Era "Penélope" de..
-Muchas gracias, ¡Me llamo Olivia por cierto! Bienvenido.
-Yo me llamo Javier...y ...y bueno soy saxofonista. ¿Quiere usted verlo?
Y claro, cómo no iba a quererlo la curiosa Olivia. Cómo dicen, la curiosidad mató al gato, pero murió sabiendo. Así era ella.
Se pasaron la noche sin hablar, simplemente mirándose mutuamente y tocando el saxofón, se conocieron hasta tal punto, que no hacía falta mentirse.
Ella se dio cuenta del leve tembleque que le azotaba cuando tocaba el saxofón, cómo se humedecían los labios de aquel extraño al soplar la boquilla y lo profundos que eran sus ojos negros. ¿Decir que la ponía caliente suena un poco contradictorio, no? A pesar de que esa era la sensación que la llenaba cuándo estaba con él; una mezcla de miel y trigo... y de sol... y de...de..felicidad, que le encantaba y la hacía sentirse fuera de lugar.
Él se dio cuenta de lo fría que estaba cuando se rozaron sus manos unos segundos, lo largas que eran sus piernas y el leve tembleque de ella cuando él se acercaba. ¿Decir que con ella se sentía a salvo suena demasiado precipitado, no? A pesar de que con ella notaba su corazón precipitar al vacío, a su vacío, al de su tez blanca y sus labios rojos que pedían gemir ruiseñores.
Después de aquella madrugada, Olivia no dejo pensar en él. Ni él en ella.
Todo el mundo tiene una debilidad por la que traicionaría todos los principios que podría haber llegado a tener.
La de él era aquella maravilla desafinada con insomnio.
La de ella eran aquellos dedos temblorosos de saxofonista.
Aunque a ella le gustase la palidez de sus mejillas. Aunque ella soñase cada noche con alguien que pudiese tocarla sin congelarse y huir.
Aquel día, Olivia tenía más frío de lo normal, resbalan copos de nieve por sus mejillas y sus venas tornaban azules. Ella se consolaba pensando que era de la realeza, alguien especial, lo que no se esperaba es que algún día lo sería para alguien. Estaba sentada en el alféizar de su ventana, notando como el calor luchaba por entrar en su cuerpo, evaporándose la nieve y cómo sus alas esperaban poder abrirse. De repente, comenzó a oír una melodía preciosa de jazz, parecía venir del piso de arriba, el nuevo vecino.
Esa noche no podía dormir, como todas las noches, pero esta vez fue por aquellas notas... le recordaban a algo...algo que conocía y que no lograba recordar... Así que cómo buena impaciente subió corriendo hasta el 4B y aporreó la puerta.
A los dos minutos abrió la puerta un hombre en pijama, robusto con rasgos suaves. Se quedó mirando atónito a aquella "personaja" vestida con unos calcetines de lana, una camiseta que le enmarcaban sus costillas y su pelo moreno alborotado sobre aquellos labios tan seductores.
-¿Mmm... si?
- Disculpe ¿qué melodía tocaba ayer con su saxofón?
-Pues.. Creo que se refiere usted a... ¿perdone pero no podía haber venido a otra hora que no fuese las 4 de la mañana? - dijo confuso el nuevo inquilino-
- Sí, pero dígame cuál era.- contestó con su característica mezcla de naturalidad,inocencia y picardía.
-Era "Penélope" de..
-Muchas gracias, ¡Me llamo Olivia por cierto! Bienvenido.
-Yo me llamo Javier...y ...y bueno soy saxofonista. ¿Quiere usted verlo?
Y claro, cómo no iba a quererlo la curiosa Olivia. Cómo dicen, la curiosidad mató al gato, pero murió sabiendo. Así era ella.
Se pasaron la noche sin hablar, simplemente mirándose mutuamente y tocando el saxofón, se conocieron hasta tal punto, que no hacía falta mentirse.
Ella se dio cuenta del leve tembleque que le azotaba cuando tocaba el saxofón, cómo se humedecían los labios de aquel extraño al soplar la boquilla y lo profundos que eran sus ojos negros. ¿Decir que la ponía caliente suena un poco contradictorio, no? A pesar de que esa era la sensación que la llenaba cuándo estaba con él; una mezcla de miel y trigo... y de sol... y de...de..felicidad, que le encantaba y la hacía sentirse fuera de lugar.
Él se dio cuenta de lo fría que estaba cuando se rozaron sus manos unos segundos, lo largas que eran sus piernas y el leve tembleque de ella cuando él se acercaba. ¿Decir que con ella se sentía a salvo suena demasiado precipitado, no? A pesar de que con ella notaba su corazón precipitar al vacío, a su vacío, al de su tez blanca y sus labios rojos que pedían gemir ruiseñores.
Después de aquella madrugada, Olivia no dejo pensar en él. Ni él en ella.
Todo el mundo tiene una debilidad por la que traicionaría todos los principios que podría haber llegado a tener.
La de él era aquella maravilla desafinada con insomnio.
La de ella eran aquellos dedos temblorosos de saxofonista.
continuará...
lunes, 26 de agosto de 2013
Microrelato: Las siete vidas de tus ojos de gata.
Y aquí estoy, rompiéndome las uñas arañando las horas al reloj en vez de castigar tu espalda por romperme mi tanga nuevo en esos prontos que tuvimos y que tanto nos gustaban. Aquí me tienes, enumerando los vicios que me contagiaste y que ahora llevo colgados encima delatándome ante cualquier otro pretendiente que me pregunte ¿Perdona cariño, llevas perfume de hombre? queriéndole decir que es mi olor corporal, que expira lo poco que me queda de tí junto al recuerdo de unos ojos miel que me miraban desde el otro lado de la acera con un paraguas gris.
Era primavera en Madrid, finales de Mayo y estaba preciosa teñida de rosa por los cerezos.
Llovía, llovía a cántaros. Eran las once de la noche pero Gran Vía estaba invadida de la luz amarilla y rosa neón. Recuerdo que llevaba una chaqueta de cuero negra, unos hot pants vaqueros y una blusa blanca de estas que "dejan ver lo mejor de ti". No sé que hacía allí, solo necesitaba escapar, huir, dejarme llevar... iba cruzando la calle sin esperar que ningún hombre se chocase conmigo y me robase mi cartera con corazón incluido. Pero ocurrió.
Sólo escuche su voz diciéndome " lo guapa que estaba con mi chupa de cuero y mi pelo color fuego empapado enmarcándome las decepciones bajo mis ojos rasgados y mi pícara sonrisa." Y me encontré bebiendo ginebra para dos, con las medias rotas y las uñas rojas sonriendo como una imbécil al hombre de los ojos color caramelo.
Recorrimos Madrid, recorriste con tus yemas cada una de mis vértebra y nos corrimos bebiéndonos lo mejor de nosotros, quedándote así con todo lo que llevaba encima, así cómo el poco amor que aún tenía que ofrecer. Grabé en mi mente el roce de tu olor cuando me apartabas el pelo y me lo colocabas tras la oreja, la presión de tus labios sobre los míos, las gotas de lluvia cayéndome directamente de tu pelo, las pisadas sobre los charcos que reflejaban cada intrusión de tu mano bajo mi pantalón, las farolas que desvelaban mi piel de gallina cada vez que susurrabas mi nombre y el hueco que se formaba entre mis costillas para dar cavidad al tuyo. Estuve en tu interior por una noche, me colé en tu saliva conociendo cada sabor, decisión y pensamiento de tu vida, conocí tus entresijos. Fui la mujer de tu vida por una noche y supiste que lo era por la forma de sacar la lengua cada vez que sonreía, la forma de mirarte cada vez que hablabas y la extraña forma de actuar cuando caminaba por las calles sin saber ni pensar que es lo que querías de mí. Ahogaste tus ansias y alientos en mi nuca y refugiaste tus miedos en lo más bajo de mi espalda. Creo que hicimos el amor, de ese que pocas veces existe. Era belleza. Eran dos almas quebrándose para fundirse en una.
Pero entonces amaneció y supimos que había llegado el final.
-¿Qué ocurre ahora?
- No lo sé Marina.
En el fondo sabíamos que algo tan intenso y fugaz sería nuestra ruina, aunque unas ruinas por las que tal vez valdría la pena morir.
Acordamos vernos cada vez que la lluvia inundase Madrid. Quedaríamos a la misma hora y lugar en que todo sucedió, con la condición de que sólo acudiríamos si estábamos seguros de que valdría la pena volver a vernos.
- Pero tu no volverás -le dije-.
-Creo que eres el tipo de chica por el que un hombre volvería, ojos de gata.
Y aquí estoy, sentada bajo la lluvia viendo como caigo, capaz de gastar mis siete vidas si eres tú el que me las roba, ronroneándote lo mucho que te quiero y queriéndome pasear entre tus piernas cada mañana. Pero no estás, no estás.
El reloj marcó las 11: 01. Mis pulsaciones se dispararon cuando te vi cruzar, agarrándome de la cintura y susurrándome "Estaba deseando que lloviera para decirte de la forma menos tosca posible que quiero recorrer Madrid contigo, pero no sólo una noche, si no las siete vidas de tus ojos de gata, Marina"
Sólo escuche su voz diciéndome " lo guapa que estaba con mi chupa de cuero y mi pelo color fuego empapado enmarcándome las decepciones bajo mis ojos rasgados y mi pícara sonrisa." Y me encontré bebiendo ginebra para dos, con las medias rotas y las uñas rojas sonriendo como una imbécil al hombre de los ojos color caramelo.
Recorrimos Madrid, recorriste con tus yemas cada una de mis vértebra y nos corrimos bebiéndonos lo mejor de nosotros, quedándote así con todo lo que llevaba encima, así cómo el poco amor que aún tenía que ofrecer. Grabé en mi mente el roce de tu olor cuando me apartabas el pelo y me lo colocabas tras la oreja, la presión de tus labios sobre los míos, las gotas de lluvia cayéndome directamente de tu pelo, las pisadas sobre los charcos que reflejaban cada intrusión de tu mano bajo mi pantalón, las farolas que desvelaban mi piel de gallina cada vez que susurrabas mi nombre y el hueco que se formaba entre mis costillas para dar cavidad al tuyo. Estuve en tu interior por una noche, me colé en tu saliva conociendo cada sabor, decisión y pensamiento de tu vida, conocí tus entresijos. Fui la mujer de tu vida por una noche y supiste que lo era por la forma de sacar la lengua cada vez que sonreía, la forma de mirarte cada vez que hablabas y la extraña forma de actuar cuando caminaba por las calles sin saber ni pensar que es lo que querías de mí. Ahogaste tus ansias y alientos en mi nuca y refugiaste tus miedos en lo más bajo de mi espalda. Creo que hicimos el amor, de ese que pocas veces existe. Era belleza. Eran dos almas quebrándose para fundirse en una.
Pero entonces amaneció y supimos que había llegado el final.
-¿Qué ocurre ahora?
- No lo sé Marina.
En el fondo sabíamos que algo tan intenso y fugaz sería nuestra ruina, aunque unas ruinas por las que tal vez valdría la pena morir.
Acordamos vernos cada vez que la lluvia inundase Madrid. Quedaríamos a la misma hora y lugar en que todo sucedió, con la condición de que sólo acudiríamos si estábamos seguros de que valdría la pena volver a vernos.
- Pero tu no volverás -le dije-.
-Creo que eres el tipo de chica por el que un hombre volvería, ojos de gata.
Y aquí estoy, sentada bajo la lluvia viendo como caigo, capaz de gastar mis siete vidas si eres tú el que me las roba, ronroneándote lo mucho que te quiero y queriéndome pasear entre tus piernas cada mañana. Pero no estás, no estás.
El reloj marcó las 11: 01. Mis pulsaciones se dispararon cuando te vi cruzar, agarrándome de la cintura y susurrándome "Estaba deseando que lloviera para decirte de la forma menos tosca posible que quiero recorrer Madrid contigo, pero no sólo una noche, si no las siete vidas de tus ojos de gata, Marina"
domingo, 28 de julio de 2013
Cuatro paredes, una bala, un beso y un adiós.
La dolía el cuerpo, magullada en cada caricia no dada en la espalda y en cada casi beso en el cuello. Le escocían los labios de los olvidados mordiscos que le dieron entre la espada y la pared, ardiéndole la cara interior del muslo cada vez que activaban la bomba de relojería y a punto de saltar por los aires ella rogaba a Dios. Y al notar el aliento en su delantera, con miedo a volver a perderse entre suspiros y promesas, pedía refuerzos a su conciencia que, a medida que sentía con cada vez más cercanía la piel del enemigo se desvanecía dejándola desamparada y con el corazón palpitando esperanzas.
Y se despertaba en campo enemigo enamorada y confundida, refugiada entre sábanas y abrazos que terminaban en revolcones y pérdidas de su coraza , y huía con el pelo alborotado, miedo a perderlo o perderse, unas bragas de menos, y alguna mariposa de más.
Día tras día, tras las trincheras con perfume de Dior y lencería nueva dispuesta a salir al encuentro del contrincante. Y cada día perdía más la cabeza... o el corazón, ¿quién no arriesga no gana dicen, no?
Mujer kamikaze que adoraba estar secuestrada entre cuatro paredes, siempre que fueran las de él, jugando a ser humanos y dejarse matar poquito a poco por la búsqueda de calor de sus dedos alrededor de sus caderas y su ansia de sed que se escondía en los labios de ella. Porque aunque ella sabia que su corazón moriría a manos de su enemigo, si era su bala quién la mataba dolería menos.
No podía abandonar, ya no.
A la larga las mariposas crecen y duelen, demasiado, y al morir se llevan consigo la esencia de cada beso a escondidas en el callejón, cada abrazo por la espalda, cada roce de manos y los orgasmos que él robaba cada vez que se inmuscuía entre los placeres y virtudes de ella.
Pero como en toda guerra siempre hay perdedor, se despidió de su talón de Aquiles con un beso en los labios y una bala en el corazón que sangraba sus últimas palabras "Te querré hasta nuevo aviso".
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