Hoy me he levantado con la creencia de que se puede ser feliz sin estar completa.
Creo que hay veces, que simplemente necesitas explotar un poco y dejar que se derramen un par de sueños fracasados, algún que otro ceño fruncido y bastantes "Pero a pesar de todo te quiero" que nunca llegaste a decir.
Por lo menos en alto.
Por lo menos a la persona adecuada.
Y sin embargo ser capaz de ser feliz.
Esto no es un microrrelato sobre dos amantes que se mueren pero se funden juntos en un amor incondicional, así que si quieres fantasía, no continúes leyendo esto.
Si quieres hablar sobre personas reales, sobre sentimientos y dolor, entonces sí, continúa.
Hubo una vez, que me rompieron el corazón, de tal forma en que tuve que ir pegando trocitos de cosas que me recordaban al "yo" que solía ser, para poder ser de nuevo yo y no una persona con un hueco en la parte superior izquierda. Pero se me quedó una cicatriz. Una cicatriz que me recordaba que lo único que no podía volver a perder en la vida, era a mí misma.
Mi esencia. Mis pasiones. Mi sufrimiento. Mi forma de sacar de quicio a la gente y sobre todo, la capacidad que tengo para enamorar, y enamorarme.
No todo el mundo va a quererte, ni vas a amar a todos. Y sí, claro que amar y ser correspondido es, dios, sumamente increíble, dejar escapar un poquito de ti para meterlo en un botecito llamado "Corazón" del prójimo. Pero las recetas están demasiado cuadriculadas y son los mejores Chefs quiénes las retocan y hacen suya, le añaden sus ingredientes y calculan las medidas.
Creo que el problema que nos suele suceder es que calculamos mal, y damos de más, quedándonos nosotros, en menos.
Mi receta de hoy se llama realidad.
Consiste en levantarte y mirarte al espejo; verás la persona que jamás de los jamases saldrá de tu vida.
Cuídala.
Amalá.
Hasta que la muerte os separe.
Lucha por lo que quieres ser, lucha por quién quieres y lucha por no perderte por aquellos que no te valoran.
Piensa que tal vez no pueden quererte porque ellos no se quieren.
Nadie es perfecto. Tu tampoco.
Llora, como estoy haciendo yo ahora mismo (intenta no ser tan melodramático , en serio, es horrible porque todavía no me han cogido en ningún drama inglés protagonizado por alguna mujer de acento exquisito), llora y siéntete una mierda, porque luego notarás que toda esa angustia se ha disipado y solo hay paz.
Ríete, porque estas leyendo un escrito de una tía que tiene diecinueve años y no sabe más que tú de la vida y sin embargo continúas leyendo.
Mi último ingrediente es, simplemente, ser feliz.
¿Creéis que la palabra "simplemente" no concuerda demasiado con "felicidad"?
Yo opino que simplemente es un problema de semántica.
Creo que se puede ser feliz sin estar completo. Firmemente.
Porque tú, y solamente tú, eres la persona que siempre te querrá y sobre todo, conseguirá que seas feliz, a pesar de que odies llorar en público por miedo a que conozcan que en realidad, eres una blanda que escribe sobre amor, verdades y otros desastres. Que te da miedo sentir, por miedo a que te vuelvas a descomponer y te da miedo no dejarte a ti misma sentir, porque querer a alguien es algo precioso. Ah, y que adoras las anáforas y las metáforas y todo lo que te sirva para poder escribir sobre ti sin que se vea de forma directa.
Así que, a pesar de que tenga que perfeccionar mi receta, he podido conseguir el ingrediente mágico que hace que sonría por las mañanas sin más; quererme a mi, bastante de un poquito de más y querer bastante menos que más, a aquellos que no se merecen que alguien como yo, les aporte algo en la vida.
Diálogos interiores sobre una proyecto de periodista con afán de cocinera.
Mostrando entradas con la etiqueta La pequeña dulce y sinvergüenza Paula. Mostrar todas las entradas
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sábado, 3 de mayo de 2014
sábado, 25 de enero de 2014
Catadores de Whisky.
-Joder, como escuece.
Todavía no tenía claro si era el vacío o el whisky que resbalaba por su garganta.
Su madre la llamó Amelia, en honor a las Camelias.
La camelias florecen en ambientes fríos, son flores delicadas y no poseen olor.
Era preciosa. Con la piel blanca y los labios rojizos, los ojos rasgados y y el corazón cenizo. Era pura, pura ventisca, puro fuego, de risa grotesca y llena de ego. En sus poros podías ver cada raíz enredada con sus pensamientos, y su mirada... su mirada era Pacífica y profunda, capaz de inundar mares y océanos con una de sus lágrimas.
-Borrar borrar borrar.... ¿De verdad he escrito "cada raíz enredada con sus pensamientos"? Díos mío...
Amelia era escritora y trabajaba en su última novela autobiográfica.
Se desabrochó la blusa y le dio otro trago al Bourbon. El Bourbon. El mejor amigo de una mujer. De ella. ¡Diablos, para qué un hombre teniéndole a él! se repetía sin cesar.
Pero a quién iba a engañar, estaba deseando amar, amar con locura, con rabia, con besos tiernos y arañazos en entrepiernas.
Sólo quería amar una vez - Tan sólo una- y marchitarse, rezaba hundiéndose en la bañera mientras se impregnaba su piel de ácido y alcohol. Ella lo achacaba a su ausencia de olor.
Sin embargo, una vez amó, tan fuerte que se deshizo. Era tan doloroso... él se mecía en sus pulmones intentando buscar hacerla suyo como ningún otro, se propuso ser uno y respirar el mismo aire, y aunque ella no podía respirar, sentirle dentro le hacía feliz.
Como extrañaba ese dolor. Que dolor más dulce.
Amelia se enamoró tan fuerte que intentando buscar hacerle suya como ninguna otra, se propuso ser uno e inundarle en el amor tan puro que le profesaba, tan puro tan puro que el corazón de él se ahogó porque no puedo soportar sus 62 grados.
Y le perdió.
Se fue.
Le dijo que volvería cuando pasasen siete años.
Se propuso esperarle trescientas setenta y ocho semanas. Amelia solo pensaba en sus baños en whisky, notando su pecho en su espalda y sus brazos rodeandole la cintura. Amelia solo pensaba en la textura de esos besos amargos y en olor que impregnaba la habitación cuando él estaba presente.
Él era su olor.
Pero en lo más profundo de nuestro ser, no pensamos; sentimos.
Y Amelia se hundía en la bañera y abría los pulmones dejando de respirar para que con un poco de suerte pudiese notarle en ellos, y sentir el dolor. Su dolor. El del amor. El de ellos.
Pasó doscientas setenta semanas, cinco años, madurando para él.
Hasta que un día inundó con su lágrimas la habitación y la impregnó de olor. No pudo soportar pasar ciento ocho semanas más con la ausencia de su amante.
Le amo como nadie pudo amarlo jamás, y así por fin le hizo suyo para siempre.
(Ciento ocho semanas después)
Y Jack se quedó ahí, sentado en el apartamento de Amelia con una mano en la copa de Bourbon y la otra limpiándose las lágrimas, esperando a que volviera, sin saber que ella resbalaba en su interior y le doraba las mejillas. Nunca le abandonaría.
Ella era su perfume y ahora sería su esencia.
NOTA: El Bourbon tarda en madurar cinco años. El Jack Daniels siete.
Todavía no tenía claro si era el vacío o el whisky que resbalaba por su garganta.
Su madre la llamó Amelia, en honor a las Camelias.
La camelias florecen en ambientes fríos, son flores delicadas y no poseen olor.
Era preciosa. Con la piel blanca y los labios rojizos, los ojos rasgados y y el corazón cenizo. Era pura, pura ventisca, puro fuego, de risa grotesca y llena de ego. En sus poros podías ver cada raíz enredada con sus pensamientos, y su mirada... su mirada era Pacífica y profunda, capaz de inundar mares y océanos con una de sus lágrimas.
-Borrar borrar borrar.... ¿De verdad he escrito "cada raíz enredada con sus pensamientos"? Díos mío...
Amelia era escritora y trabajaba en su última novela autobiográfica.
Se desabrochó la blusa y le dio otro trago al Bourbon. El Bourbon. El mejor amigo de una mujer. De ella. ¡Diablos, para qué un hombre teniéndole a él! se repetía sin cesar.
Pero a quién iba a engañar, estaba deseando amar, amar con locura, con rabia, con besos tiernos y arañazos en entrepiernas.
Sólo quería amar una vez - Tan sólo una- y marchitarse, rezaba hundiéndose en la bañera mientras se impregnaba su piel de ácido y alcohol. Ella lo achacaba a su ausencia de olor.
Sin embargo, una vez amó, tan fuerte que se deshizo. Era tan doloroso... él se mecía en sus pulmones intentando buscar hacerla suyo como ningún otro, se propuso ser uno y respirar el mismo aire, y aunque ella no podía respirar, sentirle dentro le hacía feliz.
Como extrañaba ese dolor. Que dolor más dulce.
Amelia se enamoró tan fuerte que intentando buscar hacerle suya como ninguna otra, se propuso ser uno e inundarle en el amor tan puro que le profesaba, tan puro tan puro que el corazón de él se ahogó porque no puedo soportar sus 62 grados.
Y le perdió.
Se fue.
Le dijo que volvería cuando pasasen siete años.
Se propuso esperarle trescientas setenta y ocho semanas. Amelia solo pensaba en sus baños en whisky, notando su pecho en su espalda y sus brazos rodeandole la cintura. Amelia solo pensaba en la textura de esos besos amargos y en olor que impregnaba la habitación cuando él estaba presente.
Él era su olor.
Pero en lo más profundo de nuestro ser, no pensamos; sentimos.
Y Amelia se hundía en la bañera y abría los pulmones dejando de respirar para que con un poco de suerte pudiese notarle en ellos, y sentir el dolor. Su dolor. El del amor. El de ellos.
Pasó doscientas setenta semanas, cinco años, madurando para él.
Hasta que un día inundó con su lágrimas la habitación y la impregnó de olor. No pudo soportar pasar ciento ocho semanas más con la ausencia de su amante.
Le amo como nadie pudo amarlo jamás, y así por fin le hizo suyo para siempre.
(Ciento ocho semanas después)
Y Jack se quedó ahí, sentado en el apartamento de Amelia con una mano en la copa de Bourbon y la otra limpiándose las lágrimas, esperando a que volviera, sin saber que ella resbalaba en su interior y le doraba las mejillas. Nunca le abandonaría.
Ella era su perfume y ahora sería su esencia.
NOTA: El Bourbon tarda en madurar cinco años. El Jack Daniels siete.
viernes, 18 de octubre de 2013
Los dedos del saxofonista. Primera parte.
Ella era una mujer de invierno, no conocía otra época del año. Su helado corazón bombeaba vacío hasta cada una de sus ramificaciones y el rubor de sus mejillas no era más que colorete rosado que se aplicaba para parecerse a las Barbies que caminaban por la calle.
Aunque a ella le gustase la palidez de sus mejillas. Aunque ella soñase cada noche con alguien que pudiese tocarla sin congelarse y huir.
Aquel día, Olivia tenía más frío de lo normal, resbalan copos de nieve por sus mejillas y sus venas tornaban azules. Ella se consolaba pensando que era de la realeza, alguien especial, lo que no se esperaba es que algún día lo sería para alguien. Estaba sentada en el alféizar de su ventana, notando como el calor luchaba por entrar en su cuerpo, evaporándose la nieve y cómo sus alas esperaban poder abrirse. De repente, comenzó a oír una melodía preciosa de jazz, parecía venir del piso de arriba, el nuevo vecino.
Esa noche no podía dormir, como todas las noches, pero esta vez fue por aquellas notas... le recordaban a algo...algo que conocía y que no lograba recordar... Así que cómo buena impaciente subió corriendo hasta el 4B y aporreó la puerta.
A los dos minutos abrió la puerta un hombre en pijama, robusto con rasgos suaves. Se quedó mirando atónito a aquella "personaja" vestida con unos calcetines de lana, una camiseta que le enmarcaban sus costillas y su pelo moreno alborotado sobre aquellos labios tan seductores.
-¿Mmm... si?
- Disculpe ¿qué melodía tocaba ayer con su saxofón?
-Pues.. Creo que se refiere usted a... ¿perdone pero no podía haber venido a otra hora que no fuese las 4 de la mañana? - dijo confuso el nuevo inquilino-
- Sí, pero dígame cuál era.- contestó con su característica mezcla de naturalidad,inocencia y picardía.
-Era "Penélope" de..
-Muchas gracias, ¡Me llamo Olivia por cierto! Bienvenido.
-Yo me llamo Javier...y ...y bueno soy saxofonista. ¿Quiere usted verlo?
Y claro, cómo no iba a quererlo la curiosa Olivia. Cómo dicen, la curiosidad mató al gato, pero murió sabiendo. Así era ella.
Se pasaron la noche sin hablar, simplemente mirándose mutuamente y tocando el saxofón, se conocieron hasta tal punto, que no hacía falta mentirse.
Ella se dio cuenta del leve tembleque que le azotaba cuando tocaba el saxofón, cómo se humedecían los labios de aquel extraño al soplar la boquilla y lo profundos que eran sus ojos negros. ¿Decir que la ponía caliente suena un poco contradictorio, no? A pesar de que esa era la sensación que la llenaba cuándo estaba con él; una mezcla de miel y trigo... y de sol... y de...de..felicidad, que le encantaba y la hacía sentirse fuera de lugar.
Él se dio cuenta de lo fría que estaba cuando se rozaron sus manos unos segundos, lo largas que eran sus piernas y el leve tembleque de ella cuando él se acercaba. ¿Decir que con ella se sentía a salvo suena demasiado precipitado, no? A pesar de que con ella notaba su corazón precipitar al vacío, a su vacío, al de su tez blanca y sus labios rojos que pedían gemir ruiseñores.
Después de aquella madrugada, Olivia no dejo pensar en él. Ni él en ella.
Todo el mundo tiene una debilidad por la que traicionaría todos los principios que podría haber llegado a tener.
La de él era aquella maravilla desafinada con insomnio.
La de ella eran aquellos dedos temblorosos de saxofonista.
Aunque a ella le gustase la palidez de sus mejillas. Aunque ella soñase cada noche con alguien que pudiese tocarla sin congelarse y huir.
Aquel día, Olivia tenía más frío de lo normal, resbalan copos de nieve por sus mejillas y sus venas tornaban azules. Ella se consolaba pensando que era de la realeza, alguien especial, lo que no se esperaba es que algún día lo sería para alguien. Estaba sentada en el alféizar de su ventana, notando como el calor luchaba por entrar en su cuerpo, evaporándose la nieve y cómo sus alas esperaban poder abrirse. De repente, comenzó a oír una melodía preciosa de jazz, parecía venir del piso de arriba, el nuevo vecino.
Esa noche no podía dormir, como todas las noches, pero esta vez fue por aquellas notas... le recordaban a algo...algo que conocía y que no lograba recordar... Así que cómo buena impaciente subió corriendo hasta el 4B y aporreó la puerta.
A los dos minutos abrió la puerta un hombre en pijama, robusto con rasgos suaves. Se quedó mirando atónito a aquella "personaja" vestida con unos calcetines de lana, una camiseta que le enmarcaban sus costillas y su pelo moreno alborotado sobre aquellos labios tan seductores.
-¿Mmm... si?
- Disculpe ¿qué melodía tocaba ayer con su saxofón?
-Pues.. Creo que se refiere usted a... ¿perdone pero no podía haber venido a otra hora que no fuese las 4 de la mañana? - dijo confuso el nuevo inquilino-
- Sí, pero dígame cuál era.- contestó con su característica mezcla de naturalidad,inocencia y picardía.
-Era "Penélope" de..
-Muchas gracias, ¡Me llamo Olivia por cierto! Bienvenido.
-Yo me llamo Javier...y ...y bueno soy saxofonista. ¿Quiere usted verlo?
Y claro, cómo no iba a quererlo la curiosa Olivia. Cómo dicen, la curiosidad mató al gato, pero murió sabiendo. Así era ella.
Se pasaron la noche sin hablar, simplemente mirándose mutuamente y tocando el saxofón, se conocieron hasta tal punto, que no hacía falta mentirse.
Ella se dio cuenta del leve tembleque que le azotaba cuando tocaba el saxofón, cómo se humedecían los labios de aquel extraño al soplar la boquilla y lo profundos que eran sus ojos negros. ¿Decir que la ponía caliente suena un poco contradictorio, no? A pesar de que esa era la sensación que la llenaba cuándo estaba con él; una mezcla de miel y trigo... y de sol... y de...de..felicidad, que le encantaba y la hacía sentirse fuera de lugar.
Él se dio cuenta de lo fría que estaba cuando se rozaron sus manos unos segundos, lo largas que eran sus piernas y el leve tembleque de ella cuando él se acercaba. ¿Decir que con ella se sentía a salvo suena demasiado precipitado, no? A pesar de que con ella notaba su corazón precipitar al vacío, a su vacío, al de su tez blanca y sus labios rojos que pedían gemir ruiseñores.
Después de aquella madrugada, Olivia no dejo pensar en él. Ni él en ella.
Todo el mundo tiene una debilidad por la que traicionaría todos los principios que podría haber llegado a tener.
La de él era aquella maravilla desafinada con insomnio.
La de ella eran aquellos dedos temblorosos de saxofonista.
continuará...
lunes, 26 de agosto de 2013
Microrelato: Las siete vidas de tus ojos de gata.
Y aquí estoy, rompiéndome las uñas arañando las horas al reloj en vez de castigar tu espalda por romperme mi tanga nuevo en esos prontos que tuvimos y que tanto nos gustaban. Aquí me tienes, enumerando los vicios que me contagiaste y que ahora llevo colgados encima delatándome ante cualquier otro pretendiente que me pregunte ¿Perdona cariño, llevas perfume de hombre? queriéndole decir que es mi olor corporal, que expira lo poco que me queda de tí junto al recuerdo de unos ojos miel que me miraban desde el otro lado de la acera con un paraguas gris.
Era primavera en Madrid, finales de Mayo y estaba preciosa teñida de rosa por los cerezos.
Llovía, llovía a cántaros. Eran las once de la noche pero Gran Vía estaba invadida de la luz amarilla y rosa neón. Recuerdo que llevaba una chaqueta de cuero negra, unos hot pants vaqueros y una blusa blanca de estas que "dejan ver lo mejor de ti". No sé que hacía allí, solo necesitaba escapar, huir, dejarme llevar... iba cruzando la calle sin esperar que ningún hombre se chocase conmigo y me robase mi cartera con corazón incluido. Pero ocurrió.
Sólo escuche su voz diciéndome " lo guapa que estaba con mi chupa de cuero y mi pelo color fuego empapado enmarcándome las decepciones bajo mis ojos rasgados y mi pícara sonrisa." Y me encontré bebiendo ginebra para dos, con las medias rotas y las uñas rojas sonriendo como una imbécil al hombre de los ojos color caramelo.
Recorrimos Madrid, recorriste con tus yemas cada una de mis vértebra y nos corrimos bebiéndonos lo mejor de nosotros, quedándote así con todo lo que llevaba encima, así cómo el poco amor que aún tenía que ofrecer. Grabé en mi mente el roce de tu olor cuando me apartabas el pelo y me lo colocabas tras la oreja, la presión de tus labios sobre los míos, las gotas de lluvia cayéndome directamente de tu pelo, las pisadas sobre los charcos que reflejaban cada intrusión de tu mano bajo mi pantalón, las farolas que desvelaban mi piel de gallina cada vez que susurrabas mi nombre y el hueco que se formaba entre mis costillas para dar cavidad al tuyo. Estuve en tu interior por una noche, me colé en tu saliva conociendo cada sabor, decisión y pensamiento de tu vida, conocí tus entresijos. Fui la mujer de tu vida por una noche y supiste que lo era por la forma de sacar la lengua cada vez que sonreía, la forma de mirarte cada vez que hablabas y la extraña forma de actuar cuando caminaba por las calles sin saber ni pensar que es lo que querías de mí. Ahogaste tus ansias y alientos en mi nuca y refugiaste tus miedos en lo más bajo de mi espalda. Creo que hicimos el amor, de ese que pocas veces existe. Era belleza. Eran dos almas quebrándose para fundirse en una.
Pero entonces amaneció y supimos que había llegado el final.
-¿Qué ocurre ahora?
- No lo sé Marina.
En el fondo sabíamos que algo tan intenso y fugaz sería nuestra ruina, aunque unas ruinas por las que tal vez valdría la pena morir.
Acordamos vernos cada vez que la lluvia inundase Madrid. Quedaríamos a la misma hora y lugar en que todo sucedió, con la condición de que sólo acudiríamos si estábamos seguros de que valdría la pena volver a vernos.
- Pero tu no volverás -le dije-.
-Creo que eres el tipo de chica por el que un hombre volvería, ojos de gata.
Y aquí estoy, sentada bajo la lluvia viendo como caigo, capaz de gastar mis siete vidas si eres tú el que me las roba, ronroneándote lo mucho que te quiero y queriéndome pasear entre tus piernas cada mañana. Pero no estás, no estás.
El reloj marcó las 11: 01. Mis pulsaciones se dispararon cuando te vi cruzar, agarrándome de la cintura y susurrándome "Estaba deseando que lloviera para decirte de la forma menos tosca posible que quiero recorrer Madrid contigo, pero no sólo una noche, si no las siete vidas de tus ojos de gata, Marina"
Sólo escuche su voz diciéndome " lo guapa que estaba con mi chupa de cuero y mi pelo color fuego empapado enmarcándome las decepciones bajo mis ojos rasgados y mi pícara sonrisa." Y me encontré bebiendo ginebra para dos, con las medias rotas y las uñas rojas sonriendo como una imbécil al hombre de los ojos color caramelo.
Recorrimos Madrid, recorriste con tus yemas cada una de mis vértebra y nos corrimos bebiéndonos lo mejor de nosotros, quedándote así con todo lo que llevaba encima, así cómo el poco amor que aún tenía que ofrecer. Grabé en mi mente el roce de tu olor cuando me apartabas el pelo y me lo colocabas tras la oreja, la presión de tus labios sobre los míos, las gotas de lluvia cayéndome directamente de tu pelo, las pisadas sobre los charcos que reflejaban cada intrusión de tu mano bajo mi pantalón, las farolas que desvelaban mi piel de gallina cada vez que susurrabas mi nombre y el hueco que se formaba entre mis costillas para dar cavidad al tuyo. Estuve en tu interior por una noche, me colé en tu saliva conociendo cada sabor, decisión y pensamiento de tu vida, conocí tus entresijos. Fui la mujer de tu vida por una noche y supiste que lo era por la forma de sacar la lengua cada vez que sonreía, la forma de mirarte cada vez que hablabas y la extraña forma de actuar cuando caminaba por las calles sin saber ni pensar que es lo que querías de mí. Ahogaste tus ansias y alientos en mi nuca y refugiaste tus miedos en lo más bajo de mi espalda. Creo que hicimos el amor, de ese que pocas veces existe. Era belleza. Eran dos almas quebrándose para fundirse en una.
Pero entonces amaneció y supimos que había llegado el final.
-¿Qué ocurre ahora?
- No lo sé Marina.
En el fondo sabíamos que algo tan intenso y fugaz sería nuestra ruina, aunque unas ruinas por las que tal vez valdría la pena morir.
Acordamos vernos cada vez que la lluvia inundase Madrid. Quedaríamos a la misma hora y lugar en que todo sucedió, con la condición de que sólo acudiríamos si estábamos seguros de que valdría la pena volver a vernos.
- Pero tu no volverás -le dije-.
-Creo que eres el tipo de chica por el que un hombre volvería, ojos de gata.
Y aquí estoy, sentada bajo la lluvia viendo como caigo, capaz de gastar mis siete vidas si eres tú el que me las roba, ronroneándote lo mucho que te quiero y queriéndome pasear entre tus piernas cada mañana. Pero no estás, no estás.
El reloj marcó las 11: 01. Mis pulsaciones se dispararon cuando te vi cruzar, agarrándome de la cintura y susurrándome "Estaba deseando que lloviera para decirte de la forma menos tosca posible que quiero recorrer Madrid contigo, pero no sólo una noche, si no las siete vidas de tus ojos de gata, Marina"
martes, 9 de abril de 2013
Paula.
Sí, es ella. Reconocería sus carnosos labios hasta en la huella de un vaso y sus piernas, y hasta su pelo en cualquier enredo de Madrid.
Pero ahora está aquí, completamente sola, abandonada... Fría.
Me acuerdo de esos ojos azabache, negros como la noche,rasgados, casi hablaban más de ella que su propia boca. Es ella. Definitivamente. Y no la confundiría jamás, porque ella... bueno, ella era diferente ¿sabes? No más de lo que podría a llegar a ser una chica cualquiera, de una cuidad cualquiera, pero ella inspiraba un aura especial, ella iba más allá que el resto, no se limitaba al exterior, a ella le gustaba profundizar, rascar hasta llegar a dónde pocos llegan. Me acuerdo de ella, ¡cómo no podría demonios! de esas curvas como precipicios que mataban cualquier mirada que todo hombre posaba en ellas, de su forma de caminar y el vaivén de sus caderas, ese ritmo frenético que golpeaban las aceras sus tacones. Siempre llegaba tarde, era insoportable, decía "que lo bueno se hacía esperar" con una amplia sonrisa en forma de excusa, se mordía las uñas y sin embargo se las pintaba de colores alegres en un intento vago de dejar de hacerlo. Nunca lo conseguía.
No entiendo que hace aquí, sin vida... ella siempre vibraba luz, era tan... Géminis. Sí géminis, así se definía ella. Tan de extremos. Su aspecto de mujer chocaba con esa forma niña de alegrar a la gente, le daba igual hacer el ridículo con tal de hacer feliz a los suyos .
Ella era capaz de susurrarte con la punta de su lengua los vicios más oscuros rodeada de tus piernas, amanecer enredada entre ganas y picardía y una poca de juventud en su nuca. Era capaz de matarte vestida de femme fatale mientras mezclaban gemidos con sabor a libertad.
Y entonces, volvía, volvía y te resucitaba con un beso suave, pequeño, que escondía tal dulzura que a veces no podías despegar los labios de ella, te sonreía y sabías que lo que ella sentía era verdad, te hacía sentir de nuevo la sangre por todas tus venas hasta llegar al corazón, y era ahí donde te tiraba de esa cuerda que te hacía volver a palpitar entre un infierno envuelto entre sus cálidos brazos y unas ganas de vivir... en su boca,en sus manos, perderse en su pelo... mientras te recorria con un escalofrío que penetraba hasta la médula, que llevaba el nombre de paula... Paula...Paula... la pequeña, dulce y sinvergüenza Paula.
Nunca sabremos qué paso con ella, por qué se perdió... Tal vez para que alguien la encontrara, aunque ahora ya sea demasiado tarde, no sé. Tal vez se escondió, tal vez su corazón se hizo añicos y estaba en reformas, o esperando a que el mundo que ella había construido volviese a amarla como ella siempre hizo.
Pobre Paula, tan romántica y soñadora, tanta coraza para tanto corazón...
Quizás ese fue el problema, a lo mejor era tan profunda que daba vértigo y te obligaba a retroceder para no caer en ella.
Me duele perderla y no poder decirla, que puede que, todavía la siga amando...
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